Venganza – Reseña
Salvador Medina
La primera reacción que leí al trailer de Venganza fue un tuit que se preguntaba cuándo el actor mexicano Omar Chaparro se había convertido en John Wick. Y aunque la analogía tiene su lógica, las expectativas de comparar una franquicia tan exitosa en Hollywood, con un ambicioso pero inusitado esfuerzo en México, es sin duda pisar terreno peligroso. Pero la película de Rodrigo Valdés tiene una base sólida para sostener las expectativas.
Venganza se inscribe dentro del cine de acción mexicano contemporáneo como una propuesta que se percibe legítima y necesaria, no solo por su despliegue técnico, sino por los temas que articula en su núcleo narrativo: la corrupción institucional, el duelo y el costo moral de la venganza.
La historia sigue a Carlos Estrada (Chaparro), capitán de las Fuerzas Especiales del ejército mexicano, cuya captura del criminal Héctor Luna, un exmilitar protegido durante años por altos mandos, detona una cadena de consecuencias que rápidamente transforma el triunfo profesional en tragedia. Tras un atentado que cobra la vida de su esposa y lo deja gravemente herido, Carlos desaparece con la ayuda de Miguel (Alejandro Speitzer), su “sombra”. Dado por muerto, sobrevive oculto, consumido por el deseo de ajustar cuentas con quienes orquestaron la emboscada desde dentro del sistema que juró defender.
Este planteamiento inicial permite que la película articule su discurso sobre la venganza no como un impulso inmediato, sino como un proceso de desgaste emocional. El personaje principal no regresa a la acción desde la heroicidad, sino desde la obsesión, el aislamiento y la pérdida. La aparición del premio millonario de la lotería —mil millones de pesos— funciona como un giro narrativo que, lejos de ser meramente anecdótico, se convierte en un dispositivo dramático: el dinero no representa escape, sino la posibilidad de financiar una guerra clandestina contra la corrupción estructural.
A partir de este punto, Venganza se transforma en un relato sobre la creación de un comando fuera de la ley, integrado por antiguos compañeros de armas, que decide infiltrarse en los rincones más oscuros del ejército. Lo que comienza como una cruzada personal se amplía hacia un conflicto sistémico, donde las lealtades se vuelven frágiles y la línea entre aliado y enemigo se desdibuja constantemente.

Hay que dejarlo en claro: la ejecución es impecable. Entre el diseño de producción, la fotografía y los stunts, Venganza mantiene un nivel de tensión brutal. Y Speitzer y Chaparro brillan en pantalla en todo momento. Hay, sin embargo, ciertas limitaciones que empantanan el desarrollo.
A diferencia de películas de género donde esa hermandad entre compañeros ancla el corazón de todo, aquí se siente un poco superficial. Los momentos entre Carlos y Miguel son escasos y más de confrontación que otra cosa. Nuestro héroe ávido por venganza empuja a todos al límite y de repente nos preguntamos si están con él por la recompensa monetaria o por la camaradería que existe entre ellos.
Un poco más de hermandad nos hubiese permitido sentirnos más parte de ese grupo y, por ende, conectar con su meta. Aunque, tengo la sospecha, que por el disparejo ritmo en puntos clave, se priorizó la acción sobre el desarrollo de personajes y algunos de esos momentos se quedaron en el piso de la sala de edición.
A pesar de estos mínimos valles, Venganza tiene todo lo que se espera de este género, logrando articular un relato contundente sobre el dolor, la corrupción y el precio de la justicia personal, consolidándose como una aportación relevante dentro del cine de acción mexicano reciente.


