La Venus Eléctrica – Reseña

Nov 4 • Spoiler Alert • 13 Views • No Comments on La Venus Eléctrica – Reseña

Salvador Medina

La presión de abrir la primera noche en el Festival de Cannes hace que la crítica se torne demasiado dura con una película. La Venus Eléctrica (La Vénus électrique) de Pierre Salvadori corrió esa suerte.

Situada en los años 20 del siglo pasado, la película de Salvadori no decepciona, pero tarda en descubrir qué historia quiere contar.

Suzanne (Anaïs Demoustier) es conocida como Venus electrificata, parte de un carnaval itinerante integrado por los clásicos personajes que ahí habitan. Suzanne provee un servicio especial: una supuesta femme fatale que electrocuta a quienes se atreven a besarla. Pero la paga es mínima y sus ambiciones son muchas. Una noche, se escabulle al camerino de Claudia, la médium del lugar, y se topa con un desolado Antoine Balestro (Pio Marmaï), que busca respuestas sobre la partida de su esposa.

Suzanne cumple su papel y recibe unos francos a cambio, suficientes para verse convencida cuando Antoine le pide verla de nuevo. En su papel como Claudia, descubre que Antoine es un exitoso pintor que lleva años sin producir nada, cuando su galerista Armand (Gilles Lellouche) la reprende por aprovecharse de un ebrio. Pero cuando él retoma su labor tras el segundo encuentro, ambos llegan a un trato que habrá de beneficiarlos.

Suzanne acude dispuesta a todo para revivir la carrera de Antoine, incluso robarse los diarios de Irene (Vimala Pons) para darle mayor veracidad al relato. La historia comienza entonces a desarrollarse entre el presente y los recuerdos, a partir de la lectura de Suzanne. El juego entre ella y Antoine se vuelve peligroso conforme hay más en juego y ella, encantada con su víctima, comienza a distraerse del objetivo final.

La Venus Eléctrica tiene el defecto de contar con un primer acto fantástico. El acto funambulista de Suzanne y la personalidad de Antoine prometen una gran química. Pero para la tercera cita, cuando él deja de tomar y ella debe fingir mucho más, el ritmo se ralentiza y la película cambia de una comedia romántica de enredos a otro género distinto.

Salvadori crea expectativas altas desde el primer cuadro y el carisma se diluye poco a poco cuando la historia se enfoca en el pasado y en un secreto que poco o nada aporta.

Pero La Venus Eléctrica retoma el rumbo justo a tiempo para entregar un clímax que, si bien puede ser predecible, tiene la gracia y el pulso de esas comedias francesas clásicas que entendían el amor como un truco de magia: sabes cómo se hace, pero igual te dejas engañar. Hay algo de Truffaut en la ternura con la que Salvadori mira a sus personajes enredados en sus propias mentiras, y algo de Les Enfants du paradis de Carné en ese mundo de feria donde la ilusión y la verdad se confunden hasta volverse la misma cosa. Los valles narrativos están ahí, es cierto, pero los picos son tan luminosos que hacen que valga la pena el recorrido.

Anaïs Demoustier sostiene la película con una mezcla de picardía y vulnerabilidad que justifica por sí sola el título, y Pio Marmaï le responde con un desconsuelo que nunca se vuelve caricatura. No es la película perfecta que Cannes esperaba para su noche inaugural, pero sí una que recuerda por qué el cine francés sigue siendo el mejor para contar historias de gente que se inventa para poder amar.

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