La era de la irracionalidad

Sep 27 • Artículos • 1371 Views • 1 Comment on La era de la irracionalidad

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Salvador Medina @ayudamemalverde

Los nuevos medios debían traer una era de iluminación, una especie de Renacimiento del siglo XXI. Pero detrás de esa democratización de la información, se ha escondido el carácter de la humanidad, hambrienta de entretenimiento a costa de cualquier cosa. De aquí que el auge de Donald Trump a la candidatura presidencial por el Partido Republicano, y a un paso de la silla política más poderosa del mundo, no deba sorprender a nadie.

Estos avances tecnológicos, esta supuesta panacea comunicacional, ha expuesto ante el mundo el lado oscuro de las personas, eso que los medios ocultaban discretamente. Darle voz a todas las personas no ha generado un diálogo: ha traído ruido, racismo, discriminación. Ha generado mayores problemas que soluciones.

En el texto How Trolls Are Ruining the troll-coverInternet, el escritor Joel Stein expone que una encuesta del Pew Research Center descubrió hace dos años que el 70 por ciento de los jóvenes entre 18 y 24 años que usaban internet habían experimentado acoso y 26 por ciento de las mujeres de ese rango habían sido acechadas. “Esto es exactamente lo que los trolls quieren”, asegura Stein.

“Un estudio de 2014 publicado en la revista de psicología Personality and Individual Differences, encontró que aproximadamente el 5 por ciento de los usuarios de Internet que se identificaban como trolls tenían resultados extremadamente altos en la oscura tétrada de rasgos de personalidad: narcicismo, psicopatía, maquiavelismo y, especialmente, sadismo”.

¿Y por qué esto es relevante cuando hablamos de Trump? Porque se trata de un troll que está a un paso de ser Presidente de Estados Unidos.

Durante toda su vida, el empresario se ha dedicado a hablar sin tapujos (y sin procesar mucho lo que dice). Ha criticado a mujeres por su físico cada vez que le es posible, ha mentido desvergonzadamente para atraer a los medios y ha generado una carrera política a través del racismo abierto. Y ha tenido éxito. Como un troll.

Los trolls, estos personajes de internet que se esconden tras una falsa identidad y se dedican a buscar temas delicados y explotarlos, son un resultado del sistema que premia el escándalos, los clics, el rating.

En los pasados Premios Emmy, el conductor Jimmy Kimmel preguntó retóricamente a la audiencia quién había sido el culpable de la nominación de Trump a la presidencia. Una voz anónima gritó: ¡los medios! Y Kimmel, insistente, aseguró que se trataba de Mark Burnett, “el hombre que trajo Celebrity Apprentice. Gracias a él ya no tenemos que ver reality shows porque vivimos en uno”.

Y es que es cierto. Los medios han generado una cultura que recompensa el shock, los escándalos, dejando a un lado la sustancia y el contenido. Los programas de televisión viven para generar notas que sean replicadas hasta el infinito.

Jimmy Fallon, el conductor de The Tonight Show, así como la cadena NBC, han sido abiertos en su apoyo a Trump.

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Fallon no sólo sirvió de patiño, sino que “humanizó”, como muchos dicen, a un racista. Como pocas veces, la comunidad de comediantes de Estados Unidos le dio la espalda a Fallon, un conductor que se dedica a apelar a los clics y al impacto, más que a generar en ese espacio un lugar de reflexión sobre los tiempos sociales que tanto han afectado a nuestro vecino del norte. Y rompiendo una especie de pacto de no agresión entre los conductores de late night, la genial Samanthe Bee (a quien ya hemos alabado) despedazó el intento de más fama por parte de Fallon.

En su Full Frontal with Samantha Bee, la conductora hizo un análisis de las repetidas apariciones de Trump en programas de NBC. Ante la pregunta retórica del candidato sobre por qué estaba conduciendo Saturday Night Live, Bee respondió irónicamente “porque los ratings importan más que las personas de color”.

Y sobre la aparición de Trump en el programa de Fallon, Bee fue más incisiva: “Los ejecutivos de NBC, y gran parte de su audiencia, pueden ignorar lo peligroso que Trump puede llegar a ser porque para ellos, no lo es. No van a ser deportados, no van a vivir bajo un presidente que piensa en (las mujeres) como una colección de juguetes sexuales. No son racistas. Pero no les importa que otras personas lo sean. Lo cuál es igual de incorrecto”.

La crítica de Bee resonó porque es inusual en el medio. Y porque se trata de un llamado de atención a lo que han llegado a hacer los medios a cambio de rating. Y lo mismo sucede en nuestro país.

La semana pasada, el fenómeno de Lady Coralina comenzó como algo viral y llegó a los medios tradicionales como una nota periodística. Al parecer, la vida privada de una joven que engañó a su novio durante su despedida de soltera, tiene espacio junto a noticias de interés nacional. Pero eso no es lo más problemático del tema: diversos medios no sólo expusieron el nombre e imagen de la joven, despojándola completamente de su privacidad, sino que lo hicieron con desfachatez.

Publicaron y repitieron su nombre a todas horas del día, todo a cambio de clics y rating, alimentando la máquina sedienta de entretenimiento en que nos hemos convertido. Y aquí está el doble estándar de la sociedad mexicana: esos que compartieron los incontables memes y notas sobre la joven sonorense, no tuvieron pudor para pedir la renuncia de Nicolás Alvarado de TV Unam tras sus comentarios (fuera de lugar y absurdos, eso sí) sobre Juan Gabriel.

Al parecer, en el México del siglo XXI, es más importante la necesidad de entretener que la libertad de expresión. No importa que Alvarado y sus comentarios inoportunos no tienen lugar en una sociedad que pretende acercarse hacia ese Renacimiento al que aspiramos, pero se generó una campaña por todos los frentes para reprimir a alguien que simplemente estaba manifestando su opinión (aunque ojo, el autor de este texto opina que las opiniones de Alvarado eran retrógadas e hirientes, más en los tiempos actuales).

No vi a esos 55 mil jóvenes que firmaron la petición en change.org solicitando su renuncia, pidiendo que respetaran la pivacidad de una joven en el que será seguramente el peor momento de su vida. Alvarado es una figura pública. La mal llamada Lady Coralina no lo es.

Quienes compartieron por doquier lo sucedido con la joven parecen no entender que se trataba de una persona. En Internet, El Otro no existe. El Otro es un simple actor potencial. La pantalla de nuestros dispositivos nos hace pensar que lo sucedido en ella, no es real. Que es un contenido más que debemos compartir y consumir.

Es irónico y contradictorio que una sociedad que utiliza cualquier situación o encabezado de noticia para criticar a figuras públicas, no tenga la capacidad de juzgarse a sí misma cuando actúa de manera incorrecta.

¿Dónde está entonces la línea moral de la sociedad mexicana contemporánea? En la era de Trump, es más importante entretener que respetar la privacidad de las personas, o la libertad de expresión. En la era de Trump, la verdad no importa, sólo lo que la ficción cuenta es relevante.

Internet no ha esparcido la información o el conocimiento. Se ha convertido un depositorio de odio, prejuicios, carcajadas futiles. Una sociedad que privilegia el entretenimiento fácil sobre la cultura, está destinada al estancamiento moral y ético.

Bienvenidos a la todopoderosa Era de Trump.


 

 

 

 

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