Crédito: Jesús Villaseca Pérez

Cronicas del narcotrafico

Feb 16 • Otros Habladores • 3608 Views • 1 Comment on Cronicas del narcotrafico

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¡Paren al mundo: yo también me quiero bajar!

Marco A. Díaz

Marcodiaz73@hotmail.com

Pablo es un joven estudiante, nacido y criado en Culiacán. Él se declara amante de su ciudad; la quiere y la cuida, la defiende ante cualquiera, y siempre hubiera querido que fuera así. Sin embargo su vida cambió de unos meses para acá.

Nunca le importó el tráfico que había a ciertas horas en la ciudad; cuando iba a la escuela o a hacer algún mandado al centro, no le importaba tampoco la falta de educación de los conductores o de los choferes de urbanos, taxistas o, motociclistas (repartidores), y tampoco que fuera el municipio de Sinaloa más violento en los últimos años y estuviéramos atravesando una “terrible descomposición social, provocada por la influencia de la efímera gloria de los narcotraficantes”.

El hartazgo empezó al empeorar todos estos factores, sin embargo, se abstenía de ofender a su ciudad. Claro, “cuando de plano había mucho tráfico o algún conductor se me atravesaba pues sí me molestaba bastante, pero nunca me había decepcionado tanto”.

“Nunca pensé que éste modo de vida que se está dando en Culiacán, fuera a afectar mi ritmo de vida, mis actividades diarias”

Un día, al circular por cierta colonia, (prefiere omitir el nombre), un automóvil se le “emparejó” y se bajaron dos sujetos; “cuando los vi, no noté que iban armados, hasta que uno de ellos golpeó fuertemente con la punta de un AK-47 el cristal de mi carro”. Fue entonces que se dio cuenta de la realidad: estaba siendo interceptado por un grupo armado. A Pablo se le quiebra la voz, sus ojos se tornan rojizos, llorosos.

“Pasaron por mi mente mil cosas, imaginé que sería secuestrado, torturado y asesinado”, Pablo pensó que así terminaría su vida; como la tantas personas han muerto en nuestro Culiacán, el típico “levantón”.

Prefiere omitir algunos detalles, pues no desea ser reconocido por alguna de esas dos personas que un día de Octubre lo intentaron asustar, intimidar o asesinar. Hasta el momento, no deja de tronarse los dedos, de mirar fijamente al infinito, no sé lo que piensa, pero estoy casi seguro que lo está imaginando todo, lo está reviviendo, como si hubiera sido ayer.

Después de que el sicario golpeó el vidrio de lado del piloto (donde Pablo iba sentado), éste trató de abrir la puerta pero no pudo, tenía seguro. Pablo, asustado, quitó los seguros inmediatamente, el hombre empieza a gritar; ¡Que haces aquí!, ¡Que haces aquí! El otro sujeto, apuntaba al lado del copiloto con una pistola, sin saber quién estaba allí, sin saber que era una mujer y, que ambos, eran jóvenes que solo “andaban dando una vuelta”.

Cuando la persona con el “cuerno de chivo” vio que Pablo iba acompañado por una mujer, inmediatamente cambió el tono de su voz y su actitud; “me dijeron: ¡AH! Discúlpanos somos ministeriales, es que te reportaron, pero no te preocupes aquí quédate, no pasa nada, ya nos vamos”. Hace una breve pausa y continua; “y se fueron. ¿Cómo me iba a quedar allí en esa colonia?, estaba muerto de miedo, sentí mil cosas, pensé mil cosas, todas relacionadas con la muerte”.
Crédito: Jesús Villaseca Pérez
“Yo siempre pensé que, aunque a algunas personas cercanas a mí les ha pasado eso y han muerto en circunstancias similares, a mí nunca me pasaría, ni la debía ni la temía”. Durante ese lapso de tiempo, menos de un minuto, Pablo pensaba; “No hay razón de ser, yo no he hecho nada a nadie, no ando en malos pasos… ¿será por algún amigo?, es posible…”.

“En cuanto se fueron ellos, me fui yo, no quería pasar más tiempo en esa colonia, me dirigí a dejar a mi amiga en su casa, ella se bajo casi corriendo, pensé que iba a llorar, tenía los ojos rojos y estaba temblando. Yo me fui despacio, bajé los cristales de mi carro y, discretamente, le hablé a un amigo, le dije que si en 15 minutos no llegaba a su casa, que me buscara, le dije qué ruta tomaría y no le di más pormenores; creo que él entendió que algo estaba mal”.

En el camino a casa de su amigo, Pablo no dejaba de pensar en lo que había sucedido, no lo asimilaba -no lo asimilo todavía-, asegura el estudiante universitario.

A Pablo le dijeron sus amigos que seguramente eran “punteros”, sicarios o personas ligadas a la mafia que se encargan de cuidar “el terreno”, es decir, vigilan quién entra y quién sale de la colonia, si algún auto es sospechoso, lo interceptan, como pasó con Pablo.

Después de ese día, no ha andado cómodo, y no porque le vaya a suceder algo relacionado con ese hecho, sino porque ya no se siente seguro en ningún lado.

Eran alrededor de las 8:30 PM cuando pasó todo; en un crucero iluminado, donde más de una persona se dio cuenta de lo que estaba pasando.

Ahora Pablo tiene miedo, no confía en nada, tiene cuidado en qué colonia anda y a qué hora.

No denunció nunca el hecho, ni lo denunciará, incluso piensa que ya les dijo a muchas personas lo que pasó. Afirma que lo hizo para que se protejan, para que sepan que nadie está seguro en Culiacán, nadie está exento de una situación similar y, no cualquiera puede correr con tanta suerte.

“Paren al mundo, me quiero bajar, es una frase que leí hace un tiempo en una columna de un periódico local, donde el autor expresaba su hastío por la situación en nuestro país, en nuestra ciudad, y ahora, yo también la quiero acuñar, yo también me quiero bajar”.

Ahora Pablo ya está harto de todo, decepcionado de su ciudad, de su gobierno, de su gente.

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