¿Quien cree en Jesus Malverde?

Jan 20 • Especiales • 10392 Views • 5 Comments on ¿Quien cree en Jesus Malverde?

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¿Quién cree en Jesús Malverde?

El mito y su poder de convocatoria : Cuando el gobierno, las instituciones, la familia y los amigos fallan, ¿quién queda?

Salvador Medina Armienta

salvador@elhablador.com.mx

Sinaloa evoca narcotráfico. Los medios de comunicación se han dedicado a cubrir la cifra de asesinatos, decomisos y arrestos que emanan del estado norteño. La información sostiene que Sinaloa —y en especial su capital, Culiacán— es peligroso y sus habitantes viven al margen de la ley. Pero el narcotráfico no es sólo eso, es un fenómeno social que autores como Élmer Mendoza, Diego Enrique Osorno y Héctor de Mauleón se han dedicado a recoger; existen anécdotas, historias qué contar.

En la mitología del narcotráfico, uno de los símbolos más importantes y enigmáticos yace en una capilla frente al Palacio de Gobierno de la ciudad de Culiacán, Sinaloa.

Jesús Malverde es la tropicalización de Robin Hood. Las historias sobre su origen son vastas y contradictorias. Unos dicen que nació en el estado de Jalisco y, posteriormente, sus padres emigraron a Sinaloa, otros dicen que es nativo del municipio de Mocorito. En lo que sí coinciden quienes hablan de él es en su bondad con los pobres. Malverde, conocido con ese nombre, porque según cuentan se escondía en la maleza antes de cometer sus atracos, robaba a gente rica para ayudar a los más necesitados.

Aunque no existen pruebas tangibles de su existencia y hay especulaciones de quienes han estudiado el fenómeno sobre la creación del personaje por parte del entonces gobernador para realizar una campaña contra sus perseguidores, no se puede dejar de lado su relevancia. Jesús Malverde, su verdadero nombre sería Jesús Juárez Maso, nació el 24 de diciembre de 1870 (para agregar otra coincidencia relevante más al mito), es el símbolo más ostentoso de la cultura en Sinaloa.

Su capilla es digna de un estudio antropológico. Es una humilde construcción en Culiacán, que no se distingue del paisaje urbano. Pintada de color verde y de apariencia descuidada, está tapizada con placas de agradecimientos que llegan de todas las partes del país y del mundo. A su alrededor hay puestos de mercancía con su rostro, desde bustos gigantescos y playeras, hasta calcomanías y llaveros rociados con agua bendita.

En su interior, las paredes no se ven. La cantidad de peticiones y agradecimientos, así como fotos, cubren el cemento. El sonido de tambora acompaña la visita. Eso significa que alguien recibió un milagro, lo más probable es que algún cargamento haya llegado a su destino. Alguien graba todo en video para que el patrón, que no puede estar en público, confirme el folclórico agradecimiento.

Donde se encuentra el busto de Malverde, las peticiones no cesan. Hay alrededor de tres o cuatro personas, arrodilladas ante el busto, rezando en voz baja. Cuando terminan, se incorporan, lo tocan y se persignan. Salen de ahí, esperanzados en que alguien los escuche, que alguien responda.

Es increíble la devoción que existe a un mito, cómo la gente se aferra a símbolos creados por la falta de identidad y esperanza. Malverde es ya parte del imaginario colectivo. Es un héroe, en un mundo que lo necesita. Cuando el gobierno, las instituciones, la familia y los amigos fallan, los creyentes acuden a él. Le lloran, le rezan, lo tocan, le piden un milagro.

Existen la tonta creencia de que Malverde es el santo de los narcos. Nada más erróneo. Malverde es el santo de la clase baja de Sinaloa. Aquellos creyentes que no dan fe de la religión católica y las demás les parecen una pérdida de tiempo. Son por lo general jóvenes clase baja, aquellos que viven oprimidos por los lujos y excesos de la sociedad sinaloense, los que en un principio aspiran a convertirse en capos del narcotráfico y manejar la tan peleada ruta del pacífico hacia Estados Unidos.

Muchas personas critican a quienes creen en el ladrón convertido en santo, pero es necesario estar ahí para entender su significado. A Culiacán no llega la Cienciología, El Secreto, la Iglesia de Todos los Santos o el Protestantismo, y la Iglesia Católica ha perdido credibilidad con las constantes anécdotas de narcotraficantes pagando su camino al cielo. ¿Quién queda?

Si existió Jesús Malverde o no, es lo menos importante. La necesidad de algo en qué creer es más que evidente cuando se piensa en la relevancia del fenómeno. Lo peor que le puede pasar a un país es que su gente deje de creer en él. Y es lo que ha sucedido en México.

Hoy la población no le pide a los políticos o a los gobernantes, no cree en las instituciones. Cree en símbolos imaginarios del inconsciente colectivo. A final de cuentas, la respuesta será igual de efectiva que de ser escuchada por alguien de carne y hueso.

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